María de Bogotá

Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana  

Bernardino Rodríguez de León Coronado tiene un capítulo dentro de la Mariología bogotana. Él tuvo el privilegio de hallar, en la cúspide del cerro Aguanoso, una escultura de la Sagrada Familia de Nazaret.

Bernardino, literal y metafóricamente, despertó en 1685 a la capital del Virreinato de la Nueva Granada para que viviera el sueño de un estudio raizal. La cátedra, escrita en roca como las tablas de la Ley, invitó a conocer el cántico del Profeta: “…Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas…”  (Isaías 2. 2).

 El descubrimiento marcó el fin de la colonización mariana de las cumbres del oriente capitalino. Ese punto, cardinal y afectivo,  orientó el alma de los cachacos hacia el collado donde el patronazgo se ejerció desde la rústica Peña.

El santo clan neogranadino tomó la decisión de acompañarlos en su derrotero histórico. La santa prole se integró a los caminos reales por donde los labriegos llegaban a la Plaza Mayor para vender sus frutos. Bajaron, sobre los recios hombros de sus vasallos, desde la cresta del escarpado picacho hasta la explanada del cerro de Los Laches. Desde allá llegó el encanto celestial de la Inmaculada Concepción.

Ese fue el premio a la fe en las enseñanzas del Evangelio. La Madre de Dios les pertenecía.  La Virgen de la Peña les reveló a un Niño Jesús hecho en un vientre de piedra, carne de su cordillera. Él se crucificó en el alto de la Ermita Vieja para decirles: “…He ahí a tu Madre…” (Jn 19, 27).

El milagro se injertó en el corazón de una sociedad fraguada por el santo rosario. Las gentes de cotiza la integraron a sus devociones porque entre los archivos eclesiales quedó el relato del orfebre. Ese personaje abrió el tomo de la teología mariana para un pueblo llamado: “reinoso”.

El texto de la narración lo publicó el padre Juan Agustín Matallana (1815) en su Historia metódica y compendiosa del origen, aparición y obras milagrosas de las imágenes de Jesús, María y José de la Peña que se veneran en su ermita extramuros de la ciudad de Santafé de Bogotá, Provincia de Cundinamarca en la Nueva Granada.

 “…El día 25 de enero de 1717 se hallaba en la casa de hospedería de la Peña el Dr. D. Dionisio Pérez, Capellán, el Dr. D. Baltazar de Mesa sacerdote, y otros sujetos, que sabiendo se hallaba en la capilla a Bernardino de León, deseosos de saber cuándo y cómo había encontrado él las sagradas imágenes que se veneran allí, le llamaron con tal objeto, y preguntado, contó con la sencillez de un hombre pobre y candoroso: que por el año de 1685, tenía el vicio de recorrer los montes, subir a las serranías, penetrar las profundidades, y registrar los campos con el fin de ver si la fortuna le daba algún tesoro con que salir de su miseria; con este motivo, se sintió varias veces impelido, con muy vehementes impulsos que a ratos le parecían extraordinarios, de hacer viaje a las serranías inmediatas, y aunque lo estuvo desechando  algunos días, por fin se resolvió a ejecutarlo, y para ello madrugó, y salió de su morada, bien de mañana, pasó a la iglesia de Santo Domingo a oír misa, el día de San Lorenzo, viernes 10 de agosto del dicho año de 1685, y luego que se concluyó el Santo Sacrificio salió de la iglesia, entró a una tienda de pulquería y tomó fiado un poco de pan y de alfandoque, que le sirviese de fiambre en su camino, que tomó, y dirigió hacia los cerros más altos y pendientes, y menos trajinados que se hallan más adelante de los de Guadalupe al lado de Fucha, fronteros al barrio de Santa Bárbara, y convento de San Agustín hacia el Sur de esta ciudad de Santafé; aunque varias veces quiso volverse por lo lejos, trabajoso del camino, empinado de los cerros y elevado de las peñas, condescendiendo con la suave violencia que lo impelía y sosteniendo firme su primera resolución, por fin cobró ánimo y fue subiendo hasta que llegó al pináculo de uno de los cerros, desde donde, extendiendo la vista por los otros cerros inmediatos, alcanzó a ver en el sitio o picacho del otro cerro más cercano, donde estaba la punta de la peña, un resplandor muy grande, extraordinario, que no era de la luz natural del día, y en medio de él, en la piedra o picacho de la peña unas efigies, o imágenes semejantes o parecidas a Jesús María y José.

En vista de tan extraña novedad, se esforzó y determinó ir a registrar lo que veía, y acelerando el paso trepó cerro arriba hasta llegar al sitio de la visión y hallándose burlado nada halló de lo que había visto, sino solas las peñas, o piedras escabrosas y peladas, entre los matorrales, como todas las demás. Con los ardores del sol, lo dificultoso para subir a los cerros, la agitación del camino, y con el dulce que ya había comido, se hallaba muy apretado de la sed, y desengañado de lo que había visto no era nada; mirándole como cosa de muy poco momento y de ningún aprecio, trató de retirarse y bajando, o volviéndose por una de las faldas de la peña, a poco trecho de haber andado, encontró, en un lugar muy angosto y pendiente una piedra redonda como pilita llena de agua muy clara y cristalina, que, naturalmente provocaba a beber de ella. Con tan afortunado encuentro, a muy corta distancia del pináculo, se alegró, se inclinó, y bebió la que fue bastante para saciar la sed. Luego que se refrescó, entró en nuevos deseos de volver a registrar lo que le parecía había visto;  tomando la misma senda, subió otra vez al lugar de las peñas, y hallándose ya inmediato, fijó la vista, y entonces vio clara y distintamente las efigies o imágenes delineadas en todo el ámbito de la piedra a Nuestra Señora, con el Niño en el brazo izquierdo, junto al patriarca Señor San José, con una como especie de fruta en la mano que se descubría dándola al Niño, y al lado derecho un ángel con una custodia en las manos, todos en pie, y por el rededor las figuras de otros ángeles, querubines y serafines, todos en línea, pero de modo que se distinguían bien los cuerpos o figuras…”

El misterio de aquel encuentro guió los rumbos espirituales del señorial Santafé, pero la novedad se transformó entre cierta gentualla en un carnaval. El populacho delirante convirtió a la Patrona en la razón de sus carnestolendas. El “vino de maíz” trajo la desobediencia a los mandatos del Creador.

La Señora petrificó su silencio hasta que su último capellán, el padre Ricardo Struve, rescató para la posteridad la voz de ese legado. La Sagrada Familia de la Peña había redactado en las páginas de la urbe una mariología bogotanísima. Asignatura a la que sus hijos no asisten porque ignoran el tesoro que encontró un guaquero aficionado al oro de los muiscas.

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